
El tren era la vida de los pueblos del Interior, en nuestro país, Argentina. Por algo desaparecieron en la Aldea Global.
Escriña es un pueblito entrerriano, blanco y muy diminuto.El tren Urquiza pasa dos veces al día, con sus bufidos espumosos, y las campanas de la estación que llaman a la concentración y a la alegría. La estación del tren es una bella pinturita, como casi todas las entrerrianas.
Los lugareños se agolpan, con las caras lavadas y los mejores vestidos. Luego pasean sus sonrisas a lo largo de los vagones viajeros. Se saludan con los pasajeros y devuelven sonrisas.
Mientras esto sucede, en los vagones de carga se trabaja con apuro. Bajan cajones y más cajones. Y suben fardos bien atados, y bolsas. Muchas bolsas. También cajones.
Escriña se ensancha y se embellece. Dentro de poco vendrá un médico a vivir en la aldea.
Un día el tren dejó de pasar. Y no pasó más.
Hoy Escriña es un fantasma cadavérico. En la destartalada estación crecen yuyos y en lo que fue el salón de espera, hay dos espinillos casi secos.
Ladra un perro de forma tan lastimera y con sonidos agudos, como estiletes sangrientos, que hasta los pocos árboles acostados, los bichitos de luz, y todo ser viviente de la zona, tirita con emoción solidaria.
Se oye muy bien lo que dice:
-“El desarrollo no es para los perrrooos. ¡Peeeerrroooooo!
“Vida perruna la mía. “Aunque Escriña es toda mííaaa-a-a-a!
"El cielo está estrelladísimo. Unos lagrimones cayeron sobre Escriña.

AUTOR:
Maximo R. ChaparroDocente, escritor y hombre de bien